
Creo que mi fascinación con los sonidos fatales comenzó poco después del incidente de El Teniente. Debe haber sido el '90, tal vez el '91... no, fue a finales del '90. El calor era insoportable y aun nos quedaba perforar 2 metros para revisar la consistencia del suelo, previo break de hora de almuerzo.
Estábamos trabajando, avanzaba rápido y teníamos esperanzas de terminar no más allá de las 2 de la tarde, quedando libres hasta pasada la siesta. Solo esperábamos seguir a este ritmo y no tener ningun contratiempo, pero claro, sucedió lo que tenía que suceder.
El taladro iba ya rozando el metro y medio cuando un sonido metálico acusó que este había chocado contra algo duro, lo que nos obligó a retirarlo para no dañarlo. Mi compañero, un yanqui de casi dos metros que alguna vez había trabajado en una ignota mina de oro en el oeste de su país, y que acostumbraba a usar su largo y rubio pelo en una cola para trabajar, me dijo que mientras yo operaba el taladro en modo manual, el se acercaba y miraba el sedimento que salía de la punta de este para determinar con qué habíamos chocado.
Comenzé a bajar el taladro, y cuando sentí el culatazo por el impacto, escuche entre el ruido de la piedra que el yanqui me gritaba que le diera más potencia. Subi a la mitad el control de velocidad y de pronto oí un grito.
Es gracioso que cuando imagina accidentes donde la gente siente dolor, o es herida, sólo piensa en gritos, dolor y sangre, cuando en realidad es mucho más que eso.
En ese momento, por cierta razón que dudo llegar a comprender nunca, mis oídos me traicionaron y pusieron atencion a los detalles que tal vez nadie computa hasta vivir la situación. Los gritos y el taladro pasaron a un segundo plano y sentí como hasta mi propia respiración pasaba a un segundo plano, cual respetuoso oyente ante una orquesta que se dispone a comenzar.
Lo primero que escuché fue la cabeza azotarse contra el tubo girando. Un sonido como un golpe apagado sobre madera. El pelo se le había enganchado en el taladro mientras se acercaba a revisar el sedimento que saltaba. Ahora se enrollaba y succionaba su cabeza hacia lo que sería una muerte segura.
Luego del golpe, vi como el yanqui comenzaba a tirar intentando zafarse del remolino de sangre que se formaba tras de su cabeza. Lo siguiente que escuché fue algo similar a un corte de soga. En un principio creí que había roto su cabello al tirar y eso era lo que había sonado, pero al poner atención, noté que era la misma piel que se había roto y ahora se despegaba de la cabeza.
Creo que fue una de las imágenes que más insomnia me causó, el ver su cara desprenderse de lo que era su cabeza. Ver su piel por dentro y sus rasgos siendo invertidos al son de este particular sonido de rotura.
A pesar de haber quedado sin cara, el impulso por sobrevivir se hacía presente, y el yanqui no paraba de forcejear, mientras su propia cara era devorada por el torno fatal. Nada más similar al sonido de un perro regocijándose en su plato de comida. Un sonido húmedo y sucio.
Al parecer esa cacofonía mortal no sólo me paralizaba a mi, si no que fue suficiente como para llevar a aceptar su propia muerte al yanqui. En un segundo de tirar hasta romperse la cara, pasó a desplomarse como si nada al suelo y ser devorado por la sanguinaria máquina. Los sonidos finales fueron tan cruentos como uno podría imaginar, y como merecería una sinfonía de esta envergadura. Desde la rotura de huesos, hasta salpicaduras, cada detalle fue recibido por mis oidos y grabado en mi subconciente.
Nunca me pregunté por qué no presioné el boton de parada de seguridad del taladro. Creo que la sinfonía macabra que se colaba por mis oídos era suficiente como para paralizar cada parte de mi cuerpo y mente.
Lo sano sería seguir así, sin preguntarme.
Estábamos trabajando, avanzaba rápido y teníamos esperanzas de terminar no más allá de las 2 de la tarde, quedando libres hasta pasada la siesta. Solo esperábamos seguir a este ritmo y no tener ningun contratiempo, pero claro, sucedió lo que tenía que suceder.
El taladro iba ya rozando el metro y medio cuando un sonido metálico acusó que este había chocado contra algo duro, lo que nos obligó a retirarlo para no dañarlo. Mi compañero, un yanqui de casi dos metros que alguna vez había trabajado en una ignota mina de oro en el oeste de su país, y que acostumbraba a usar su largo y rubio pelo en una cola para trabajar, me dijo que mientras yo operaba el taladro en modo manual, el se acercaba y miraba el sedimento que salía de la punta de este para determinar con qué habíamos chocado.
Comenzé a bajar el taladro, y cuando sentí el culatazo por el impacto, escuche entre el ruido de la piedra que el yanqui me gritaba que le diera más potencia. Subi a la mitad el control de velocidad y de pronto oí un grito.
Es gracioso que cuando imagina accidentes donde la gente siente dolor, o es herida, sólo piensa en gritos, dolor y sangre, cuando en realidad es mucho más que eso.
En ese momento, por cierta razón que dudo llegar a comprender nunca, mis oídos me traicionaron y pusieron atencion a los detalles que tal vez nadie computa hasta vivir la situación. Los gritos y el taladro pasaron a un segundo plano y sentí como hasta mi propia respiración pasaba a un segundo plano, cual respetuoso oyente ante una orquesta que se dispone a comenzar.
Lo primero que escuché fue la cabeza azotarse contra el tubo girando. Un sonido como un golpe apagado sobre madera. El pelo se le había enganchado en el taladro mientras se acercaba a revisar el sedimento que saltaba. Ahora se enrollaba y succionaba su cabeza hacia lo que sería una muerte segura.
Luego del golpe, vi como el yanqui comenzaba a tirar intentando zafarse del remolino de sangre que se formaba tras de su cabeza. Lo siguiente que escuché fue algo similar a un corte de soga. En un principio creí que había roto su cabello al tirar y eso era lo que había sonado, pero al poner atención, noté que era la misma piel que se había roto y ahora se despegaba de la cabeza.
Creo que fue una de las imágenes que más insomnia me causó, el ver su cara desprenderse de lo que era su cabeza. Ver su piel por dentro y sus rasgos siendo invertidos al son de este particular sonido de rotura.
A pesar de haber quedado sin cara, el impulso por sobrevivir se hacía presente, y el yanqui no paraba de forcejear, mientras su propia cara era devorada por el torno fatal. Nada más similar al sonido de un perro regocijándose en su plato de comida. Un sonido húmedo y sucio.
Al parecer esa cacofonía mortal no sólo me paralizaba a mi, si no que fue suficiente como para llevar a aceptar su propia muerte al yanqui. En un segundo de tirar hasta romperse la cara, pasó a desplomarse como si nada al suelo y ser devorado por la sanguinaria máquina. Los sonidos finales fueron tan cruentos como uno podría imaginar, y como merecería una sinfonía de esta envergadura. Desde la rotura de huesos, hasta salpicaduras, cada detalle fue recibido por mis oidos y grabado en mi subconciente.
Nunca me pregunté por qué no presioné el boton de parada de seguridad del taladro. Creo que la sinfonía macabra que se colaba por mis oídos era suficiente como para paralizar cada parte de mi cuerpo y mente.
Lo sano sería seguir así, sin preguntarme.

5 lectores expresivos:
Le robaste el nombre a Eliseo y la imagen parece mas otra cosa :p
falta corazón
(en todos los rinones)
rincones*
(apuesto a que te emocionaste un poco al ver 3 posts en vez de 1)
la verdad no.
Oi, achei teu blog pelo google tá bem interessante gostei desse post. Quando der dá uma passada pelo meu blog, é sobre camisetas personalizadas, mostra passo a passo como criar uma camiseta personalizada bem maneira. Até mais.
Publicar un comentario en la entrada